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Opiniones

Entre la protesta y la “ayudita”

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ivelisse prats POR IVELISSE PRATS RAMÍREZ.-

En estos días descorazonadores y confusos, busqué como acostumbro cuando necesito reforzar mis reflexiones, a algunos de los grandes, esta vez, a Erich Fromm.

Saqué de mi biblioteca dos de sus obras: “Miedo a la Libertad” y “Ética y Psicoanálisis”. Ojeándolas, encontrando en los márgenes, anotaciones añejas, no recibí respuestas calmantes a mis angustias, pero si explicaciones.

Me atormentan situaciones nacionales que no alcanzo a entender. Mi generación, después de 30 años de hermética reclusión, aprendió a hablar, de nuevo, libremente, escuchando la parla convincente de Juan Bosch, leyendo libros antes prohibidos; inscribiéndose en partidos políticos diferentes, participando incluso en la Revolución que puso abril en el calendario solemne de las heroicidades latinoamericanas.

Quizá por nuestro ínsito carácter, o por los muchos años reprimidos, los dominicanos asumimos sobre todo la protesta, como expresión favorita.

Protestamos en las calles, en cuanto se abrió la compuerta el 30 de mayo, contra los remanentes de Trujillo; protestamos contra el golpe de estado “legal” que pretendió darse para impedir que Antonio Guzmán asumiera al poder en 1978; protestamos, azuzados por políticos sombríos, contra un alza de precios en los combustibles que ahora, frente a las subidas en picada de todo, nos parece irrisorio pero que manchó con sangre al PRD en 1984.

Protestamos contra la intervención militar norteamericana de 1965, seguimos protestando contra los acuerdos de aposento, los gobiernos impuestos por los poderes criollos y foráneos, y ya luego, casi como costumbre, por los resultados de elecciones.

Pero ahora, quizás porque estamos cansados de protestar sin que nada bueno obtengamos, los dominicanos hemos ido pausando nuestras rebeldías, que apenas se sienten, refugiadas en pequeños grupos sobre todo de jóvenes, no es casual que Centro Bonó esté dirigido por un joven cura.

A veces, porque bromear sobre una desventura es un mecanismo catártico, digo a mis alumnos del Instituto Peña Gómez que nos han echado algún narcótico en los acueductos.

Porque, fuera de algunos corajudos comentaristas, estamos dejando pasar, sin protesta, y lo que es peor, sin asombro, barbaridades sociales, económicas y políticas.

Hay escándalos como el de la Cancillería, que nos ponen en ridículo frente a Estados amigos, violan las reglas más elementales de la Administración Publica, y del pudor que tienen que guardar los gobiernos aun en los casos de clientelismo.

La violación a la no retroactividad de las leyes en la Sentencia 168-13 nos ha conciliado rechazo y demandas de Organismos Internacionales, y la mala fama de ser un país prejuiciado, xenófobo.

Los precios de los productos básicos suben día tras día, constriñendo la capacidad adquisitiva de la mayoría de los dominicanos, ya no los pobres, sino la clase media a la que mi marido Mario Emilio califica certeramente de “clase un octavo”.

Los funcionarios desprestigiados multimillonarios continúan en sus puestos sin explicar cómo acumulan riquezas sin recibir herencias, ni poseer industrias, ejercitando solo el arte de ordeñar las vacas del Estado.

Y los préstamos, ¡ay! esos que gravitarán negativamente sobre el progreso de bisnietos y tataranietos, continúan fluyendo hacia el Congreso, donde son aprobados raudamente, sin votos en contra de nuestros “representantes” y sin la repulsa de las multitudes.

¿Por qué, Dios mío, no explotamos como antes en la protesta que nos caracterizaba como combatientes?

Erich Fromm me proporciona explicaciones sobre el fenómeno, y sus causas.

Lo que él llama “dicotomía histórica y existencial, que hay que llevar a nuestro contexto socio histórico concreto, representa los temores del ser humano posmoderno, que lo llevan, en determinadas situaciones, a la sumisión y a negarse a asumir sus responsabilidades. Miedo a perder un empleíto, o el Bono Gas o la Tarjeta de Solidaridad, o el “sobrecito” que le pasa por debajo de la puerta un amigo enllavado en el poder morado.

Entonces, la Ética, esa que debería normar acciones ciudadanas, se encoje, de acuerdo a Fromm, desaparece ante el imperio de obtener, satisfactores mínimos para las necesidades básicas de cada quien, no importa cómo.

Como esta situación se da en medio del dominio que ejerce el neoliberalismo, es más fácil empezar a entender la apatía, la abulia de los oprimidos y el desenfreno de los opresores.

¿Recetas? Nunca las hay, por lo menos no categóricas, para problemas psicosociales y económicos de tal envergadura.

Pero protestas, sí debe haberlas. Para tirar por lo menos una piedrecita que alborote las aguas demasiadas pacíficas de la conciencia autónoma y responsables del país.

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