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ivelissePor Ivelisse Prats Ramírez De Pérez.-  

La educación es, debe reiterarse porque parecería que algunos no lo entienden, una acción; más bien, una cadena de acciones; un proceso, que tiene definición clara, naturaleza ínsita: como diría Santo Tomás “mismidad plena”.

Milagro que solo se explica creyendo en Dios, eclosiona en los seres humanos, puesto que los animales se adiestran, pero no se educan. Transforma, a través de saberes que se asimilan en la escuela, en el hogar, en la calle, ahora también en esos medios peligrosos por poderosos que son las TICS.

La educación, así sin apellido, cambia a los seres humanos. Para bien, como la conciben las teorías democráticas; para mal, torciendo y dañando conciencias, las impuestas por las tiranías, las personales y las que emanan del predominio de factores adversos en el hábitat social en que crece y aprende el sujeto.

Con mi inolvidable profesor Malaquías Gil Arantegui aprendí y no lo he olvidado, que la educación formal, que es atributo y compromiso nacional, la rige el Estado y se busca en la escuela; debe ser siempre una BUENA educación llamada a compensar, a enmendar, a la “mala educación” que sobre todo en países donde las estructuras excluyentes van deformando a niños y jóvenes.

Para eso, por supuesto, se necesitan buenos, bien pagados, maestros, planes de estudio, no solo pertinentes, sino atractivos, y una axiología definida, sustentada en valores, que emanen, claro que sí, de políticas educativas incluyentes y justas.

Trujillo tuvo su escuela. Pero también la tuvieron Hostos y Salomé Ureña, formando en poco tiempo dominicanos y dominicanas que honraron con sus conductas al país. “Cada país y cada tiempo necesita y merece una escuela”, afirma Nassif. En esta etapa de confusiones y abjuraciones en que la moral es palabra excluida en el diccionario pragmático del neoliberalismo, con tanta miseria, violencias, en la calle, y en los hogares “inorgánicos”, la escuela dominicana, como icono práctico y vivo de la educación nacional, tiene un papel histórico, que el país necesita y merece que cumpla.

Estas disquisiciones que pueden parecer algo retóricas, quieren ser advertencia ante la confusión, seguramente producto también de una visión neoliberal del MUNDO Y LA VIDA, que percibo en la estrategia del MINERD y en el silencio pusilánime del Consejo Nacional de Educación, supremo órgano rector de la educación dominicana, de acuerdo al artículo 76 de la Ley 66-97.

Embarcadas en la carrera frenética, de utilizar el 4% en construir locales escolares, las autoridades educativas no muestran una sola pista que nos ayude a conocer cuáles son los fines de su “reforma educativa”, cuáles competencias se desarrollarán en el larguísimo horario de la “Tanda Extendida”, y si la “reforma curricular” que se anunció como nombre sonoro, es verdaderamente una “revolución” de lo que quisimos hacer a partir de 1995.

Esa transformación curricular, hija legitima del 1er Plan Decenal, sé qué ahora se anuncia, será cambiada por no se sabe qué cosa, quedó en el papel, no pudo ser aplicada, ni la asumieron los docentes a los que no se les motivó ni capacitó suficientemente. No hubo tampoco la partida presupuestal necesaria para realizarla.

Se formuló, creo que con más virtudes que defectos en su apuesta por un aprendizaje significativo, por una enseñanza de la lengua funcional y comunicativa, por utilizar la teoría para germinar competencias, concepto que por cierto, no es nuevo.

No puede calificarse como obsoleto e inoperante lo que no se aplicó integralmente NUNCA. La Transformación Curricular del 95, ha existido solo en los gruesos volúmenes que se alinean en tramos de algunas bibliotecas, entre ellas, la mía.

Persisto en opinar y recomendar, aunque cada vez hay más sordos voluntarios. Como fui titular de Educación y ya luego participé como Consultora de PNUD en la “Trasformación Curricular” de 1995, concluyo en este En Plural con algunas reflexiones, con pretensión de consejos:

1. Consultar con END, Ley 1-12 para refrescar las prioridades del sector educación y articular la política educativa con las de otros sectores. Si no cambia el modelo de nación, la educación no cambia.

2. Recordar-o aprender- que la educación es siembra de ciclo largo, si se mete en carburo para acelerarla, el fruto se acojola. Urge que se planifique, y no se siga improvisando.

3. Evaluar, antes de cambiar de improviso, lo que hay, y socializar las reformas con la comunidad educativa, antes de aplicarlas.

4. Echar una ojeada, por lo menos al Currículo de 1995, y a las modificaciones que se han hecho a los programas en los últimos años. Hay mucho, todavía, que puede aprovecharse, si se aplica en las aulas.

En resumen: aunque debemos seguir haciendo historia, la pasada debe ser utilizada.

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