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Opiniones

Desde los míos y los tuyos, para los nuestros

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Ivelisse-prats-de-perez2Por Yvelisse Prats Ramírez.- 

Decir que me agradan los niños no es develar un secreto. Lo saben, o lo intuyen, los que conocen mi hoja de vida.

En mi primer matrimonio quise tener y tuve cinco hijos. En el segundo, tuve la osadía, con 40 años, de tener otro.

La profesión, el magisterio que no elegí, sino que me eligió, sacándome de los estudios de Derecho que cursaba con notas sobresalientes, afirmó la relación afectiva, también vocacional, con la niñez.

El magisterio tiene como umbral exigente el alterocentrismo. Volcarse hacia los otros, no encapsularse, sonreír, son actitudes que se facilitan más frente a los niños.

Como me siento cómoda entre niños, ellos se sienten bien conmigo. Antes solía ponerme en cuatro patas para jugar con los hijos y sus amigos. Ahora me cuesta más, pero me tiro de cuando en cuando en el piso a retozar con los bisnietos.

Porque están cerca, algunos se parecen a mí, y en otros presiento que serán más fuertes y felices de lo que he sido, los niños de la familia son los más queridos. Pero el cariño va más allá de los genes, y he pasado la vida abriéndome también a los otros, dando seguimiento a los que ahora englobamos en “el estado de situación de la niñez”.

Todo lo que tangencia con el tema me interesa, me educa, me reeduca. He releído el Diario de Ana Frank, la valerosa pequeña judía reforzó mi rechazo al racismo y a la xenofobia.

Ver en TV imágenes de niñitos africanos famélicos de ojos grandes y tristes, víctimas de “guerritas”, me ha puesto a hacer la guerra contra todas las guerras.

Y si consumo energía y rabias por esos niños lejanos, más me duelen los nuestros, los que viven en este país donde nací y decidí morir, dejando vencer mi pasaporte.

En el universo de las calles citadinas, abundan niños con miradas huidizas, cuya inocencia se extravió en la esquina violenta del barrio; nos apremian palmoteando el vidrio del vehículo; venden baratijas o piden limosnas. El reloj marca la hora de la escuela, pero la “Tanda Extendida” no los alcanza.

En la noche, es aún peor. Al regresar de un concierto, una niña aprovecha un semáforo en rojo, y nos ofrece unas flores marchitas. “Compren”, dice mientras su boquita pintada a destiempo hace un mohín equívoco. ¿Qué vende, además de la rosa mustia, esta tempranera víctima de un régimen de “socio-injusticia”?

De repente, me doy cuenta de que mi pena no sirve de nada. Tampoco mi amor. ¿Pude hacer algo, esta semana, con ese dolor y ese cariño, ante el deterioro y de los servicios del hospital infantil Robert Read?

Este En Plural lo he escrito con el corazón, pero el sentimiento no lo es todo. Dedicaré mi tiempo de ahora en adelante, a PROPONER acciones, y a demandar a la ciudadanía que me acompañe en el reclamo.

Acciones concretas, medidas oportunas, soluciones basadas en la Declaración de los Derechos del Niño, y en numerosos compromisos internacionales asumidos por el Estado dominicano.

Voy a dejar de usar ese acento plañidero que sugiere más dádivas que solidaridad. No son las NECESIDADES de los niños las que quiero cubrir, lo que exijo es que se respeten sus DERECHOS.

El corazón no callará. En la base teórica de la que parto de aquí en adelante, que es la Teoría de las Capacidades de Amartya Sen, cabe y mueve la propuesta y la acción, el sentimiento. Amartya Sen no ganó el Premio Nobel de Economía solo por ser economista, sino porque su visión social devolvió a la economía su humanismo. Empecé este En Plural con los niños cercanos, mis hijos, mis nietos, mis bisnietos. Me referí a la infancia que en otros continentes sufre carencias brutales. Luego, me he detenido en los “palomos” criollos, tan próximos, pero ¡ay! tan lejanos.

Para no sentir vergüenza en el refugio de mi casa, para poder gozar la alegría en mis bisnietos, tengo que ir desde los míos, hasta un NOSOTROS humano, con capacidades y derechos.

Acompáñenme en el tránsito, mamás y abuelas dominicanas.

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