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Opiniones

Un sermón para reflexionar

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Por Manuel Vólquez.-

En el Sermón de las Siete Palabras pronunciado por los sacerdotes de la Iglesia católica se criticaron los males sociales que tradicionalmente inciden en la sociedad y se pidió estabilidad y seguridad social para el pueblo dominicano.

El sacerdote Faustino Burgos Brisman advirtió que si no se buscan soluciones, el país puede caer en la filosofía del rechazo, la que deja de lado a quienes están en la informalidad del mercado laboral, criticó que se deje fuera de los programas sociales a muchos trabajadores y a sus familias y sugirió encontrar soluciones urgentes a esa situación.

El consumo de drogas, y lo que la Iglesia católica llamó falsas ideologías, también fueron parte del contenido del mensaje, haciendo la advertencia de  que hay quienes creen que el lugar al que el hijo de Dios (Jesucristo) se refirió como paraíso está “en las gozaderas pasajeras que se consiguen en estimulantes o sucedáneos”.

Otros asuntos como el aborto, el robo a los recursos del Estado y la influencia de las redes sociales que son aprovechadas por quienes buscan ser famosos sin ninguna preparación, formaron parte de la agenda religiosa.

“Muchos aspiran a una vida alegre, feliz, exitosa, pero muchas veces basan su proyecto de vida en el mínimo esfuerzo: no les gusta superarse a través del estudio, les basta tratar de hacerse famoso a través de las redes sociales o cualquier otro medio rápido y fácil”, dijo el sacerdote Jorge Rodríguez, que tuvo a su cargo la sexta parte del Sermón de las Siete Palabras.

Se trató de un análisis bien sopesado respecto a la caótica realidad que nos ha estado salpicando desde hace décadas. 

Cabe señalar que esas críticas son reiterativas, no son nuevas. Todos los Viernes Santos, las escuchamos. Solo cambian a los curas que analizan el Sermón.

Lo sintomático del caso es que, al parecer, ese mensaje cae en un profundo barranco, que entra por un oído y sale por el otro; muchos ciudadanos no le hacen caso a esa prédica y lo deducimos así porque aún continuamos presenciando los mismos problemas sociales enunciados por los sacerdotes.

Se supone que la Semana Santa es un escenario para reflexionar sobre las cosas que hacemos mal y hallar fórmulas para corregirlas. 

Sin embargo, esa ocasión es aprovechada para organizar fiestas incontroladas en las playas y demás centros de veraneos, que incluye el área urbana, acciones que van acompañadas de la ingesta de bebidas alcohólicas (algunas adulteradas), droga y otros desmanes.

Como cada año, ocurren muertes y lesiones en accidentes de tránsito, muchas veces provocados por personas desaprensivas e imprudentes; por intoxicación alcohólica o alimentaria y ahogamientos, pese al eficiente operativo de vigilancia y seguridad montado por las autoridades. 

Agregamos a esa lista la intoxicación alcohólica de   menores de edad y el ahogamiento de niños debido a la irresponsabilidad y falta de supervisión de los padres o tutores que los dejan solos en el agua a merced de las olas asesinas, mientras ellos se emborrachan en cherchas de amigos.

Esas cosas seguirán sucediendo porque (y es penoso admitirlo) una gran parte de nosotros estamos configurados con el código de la imprudencia y la falta de educación, factores que sacamos a flote en  circunstancias especiales como la Semana Santa, que según el obispo de la Diócesis de Baní, monseñor Víctor Emilio Masalles, ha sido secuestrada por algunos sectores, como el del comercio, que se aprovecha del momento para incrementar sus ventas. 

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