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La lección que nos deja

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Ivelisse-prats-de-perez1Por Ivelisse Prats Ramírez.- 

No sólo se aprende con la vida. También con la muerte, los muertos dan lecciones. En el velatorio de don José Silié Gatón, rodeada de su familia y de tantos amigos/as, tuve lo que en didáctica llamamos “una recuperación de experiencias”, en un aprendizaje significativo que evocó y refrescó conocimiento, y a la vez  suscitó nuevos descubrimientos.

El maestro que produjo esta intervención  pedagógica estaba presente, pero yacía en el ataúd, sin voz ni movimiento, la faz serena como antes.

La reflexión y la memoria se mezclan entonces curiosamente, me colocan mentalmente en un aula, repasando lecturas de Erich Fromm, de Hume, de Strawson, de Habermas, de Adela Cortina; todas, en referencia a la ética. La asociación de nombres y teorías, de posiciones y de sentimientos ante el cadáver de don José Silié fue lógica consecuencia de haberlo conocido, leído, respetado, compartiendo con él lo que fue el núcleo fuerte de su labor intelectual  y su prédica docente en su larga vida: superar la clásica dicotomía griega entre las dos naturalezas del hombre, la natural y la aprendida, fusionando la posición de Hume y Adam Smith, quienes dentro de la corriente empirista británica hacen prevalecer el sentimiento ético sobre la razón, que fortalece y normatiza esos sentimientos, a través de la educación.

La dialéctica que relaciona la mente y el espíritu humano para superar los egoísmos individualistas y abrirse a la otredad y el ejercicio de la libertad entendida como participación activa, fue, bajo distinto título y en escenarios diferentes el gran tema central, el sentido esencial de la obra de José Silié Gatón, y de su vida, todo un ejemplo de lo que predicaba y creía.

Hombre de recias convicciones, envueltas en un suave empaque de modales gentiles, como recordó ante su féretro su sobrino Rubén, don José defendía con vigor la potencialidad de los seres humanos de ser mejores cada vez a través de la formación de la conciencia ética, como nos dice Habermas, “generando una fuerza mayéutica capaz de abrir los ojos al escéptico ante las instituciones morales de su propia vida cotidiana”.

Su magisterio lo ejercía en todas partes, en aulas de la UASD, en las que permaneció por casi medio siglo, en la Academia de Ciencias, en donde su presencia marcó la apertura indispensable para que las Humanidades fueran reconocidas como materias científicas; y en sus funciones administrativas, sobre todo en una Junta Central Electoral en la que debió haber  sido juez o mejor presidente.

La ética y la praxis moral, más que todo en lo público, hubiesen sentado sus reales en la Junta, y varias elecciones no se hubiesen torcido.

La vocación familiar y su repertorio generacional que lo enraizó en la razón práctica de la filosofía hostosiana se conjugaron en la personalidad en la que, entre saberes y competencias múltiples, predomina siempre en don José Silié la condición de MAESTRO, porque creía en el poder de la educación para despertar y avivar esa conciencia moral que languidece cada vez más este país.

Entendía, así lo reitera con empeño, que nuestra sociedad necesita transparencia, participación, honestidad, empatía, solidaridad y justicia. Don José aspiró a que los/as dominicanos/as, nos constituyéramos en ciudadanos activos y críticos, no para mendigar derechos, sino para merecerlos y construir entre nosotros cohesión social que del ejercicio de la democracia se deriva. Para eso, se necesitaba y se necesita combatir el individualismo atroz, que nos impone la versión neoliberal de la existencia, y apreciar el componente ético de la alteridad humana, personificada en el prójimo, protagonista de tantas parábolas de Jesucristo.

Prójimo él mismo, cercano a todos, afable, sonriente, pero recio y vertical en sus creencias insobornables, paladín de una razón ética que ande de bracete con la acción moral que transforma el “yo” solitario egoísta  en un “nosotros” solidario y participativo, José Silié Gatón, puede parecer, en medio de la corrupción que nos anega, los escepticismos que nos castran y de los abjuraciones pervertidas una “rara avis” parte de una especie honesta en extinción que produce extrañeza, a veces hasta compasión o burla.

Pero también puede ser, si nos empeñamos, en entender sus lecciones y en que se nos aviven sentimientos y valores morales a la luz de su ética, un referente para emprender la obra de regeneración espiritual que necesita la sociedad dominicana.

A mí, mientras velaba su cadáver, me impartió esta clase, magistral, como todas las suyas

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