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Opiniones

Adonde estés, el abrazo

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ivelisse POR IVELISSE PRATS RAMIREZ.-

No estoy siempre triste, como Neruda, pero sí estoy triste, desde el pasado lunes.

Clara Rodríguez Demorizi murió. Desde que lo supe en una escueta nota necrológica que publicó la Academia Dominicana de Historia, mi pena se posó en la memoria.

La evoqué en el aula donde  la conocí, en el Instituto de Señoritas Salomé Ureña, con su nítido, estricto uniforme kaki, erguida la cabeza, los ojos penetrantes, una mano en lo alto pidiendo participación.

Fui su profesora de Lengua Española en 1ero y 2do cursos, luego de Literatura en 3ro. Como yo era joven, amisté con ella, Marina  Grisolía, Felín Delmau y  otras estudiantes en relación horizontal, aunque no había leído aun a Freire. Yo empezaba la clase motivando y provocando y pronto nos convertíamos en un equipo, construyendo una dinámica de grupo proactiva, entusiasta.

Clara, Clarita, se destacaba en la profundidad de sus análisis y el peso de sus argumentos. Venía, como yo, de un hogar repleto de libros, hija única de dos intelectuales, Emilio y Silveria Rodríguez Demorizi. Leía obras y autores  que no se correspondían con su edad, la escuchaba asombrada, gozosa hablarme de Tennessee Williams, de Joyce, viajando en el tiempo, aterrizando en La República de Platón  y recitando luego un poema de Héctor Inchaustegui, uno de sus poetas favoritos. Era “fan”, estuvo como otras de sus compañeras enamorada platónicamente de Aviles Blonda, que también daba clases en el Instituto, quien terminó casándose con otra alumna, Josefina Fondeur.

Clarita me tomó mucho afecto. Lo demostró más solidariamente cuando en 1963 me cancelan por “agitar” contra los golpistas que derrocaron a Juan Bosch.

Madre soltera, cinco hijos, un padre enfermo a mi cargo, yo misma quebrantada, conocí soledades y precariedades.

Clarita, sin aspavientos, acudía a mi casa a menudo. Ya no era la alumna que consultaba con la profesora, se convirtió en mi amiga, nos unía una escala de valores comunes que superaba la diferencia en edad.

Era cálida y fuerte a la vez. Cuando la veía jugar con mis hijos, o conversar con papá, sentía que Dios me daba en ella la hermana que siempre le pedí.

Sin embargo, Clara no estaba de continuo así de  cercana con la gente, con el mundo. Era como si en ella se encarnaran los cambios que proclama El Eclesiastés: había tiempos en que sonreía, bailaba, hablaba mucho, preparaba un dulce y se ufanaba de ello. Otras veces parecía transportarse a un planeta solo suyo, en una soledad que era, yo le decía, “su cuarta dimensión”.

Se ensimismaba en ese encuentro con otra Clara, más simple, o más compleja, no lo sé, que la separaba de nosotras porque le bastaba totalmente.

Cuando se ponía así se iba al campo, a una finca  de sus padres, aledaña a la capital. Aunque citadina de nacimiento, una corriente desconocida la atraía hacia la tierra, los árboles, los animales. Parecía que en su interior se produjera un regreso  anhelante a la Creación, primero la naturaleza ubérrima, ya luego las criaturas, todo por igual obra de Dios.

En ese espacio verdiazul, entre plantas y cielos, Clarita recuperaba el ser que le conocíamos, volvía a estar a nuestro alcance. En los que la queríamos, quedaba, sí, un regusto de incertidumbre, un afán de certezas.

Apenas la vi en los últimos años. Viajó a Europa, cuando regresó, llevó una existencia reservada, dedicada a cuidar el patrimonio bibliográfico familiar.

Yo esperaba, mientras tanto, su obra, la propia.

Quizás no la dejó aquí, porque había preferido definitivamente la otra dimensión, solo suya, a la que viajaba como liberación o como búsqueda, desde jovencita.

La despido con unos viejos y malos versos que le escribí una vez.  La única vez en que quise ser profeta:

“Clara amiga. No sé dónde irás definitivamente, 
si creerás en estrellas o arrancarás raíces. 
Si serás a nuestro lado pura agua de la vida, 
o si lejos y extraña escogerás la Esfinge.
A la Clara cercana, posible, yo la abrazo. 
Aquella Clara absorta, la de la noche suya, la del otro planeta, 
tal vez la encuentre cuando cambien mis formas, o las suyas
y seamos solo nombres mutados en cenizas. 
Entonces, será dentro de ese ignoto el abrazo”.

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