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Opiniones

Lo que faltó en el informe

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Ivelisse-prats-de-perez2POR YVELISSE PRATS RAMÍREZ DE PÉREZ.-

Casi siempre escribo con el corazón, el cerebro emocional, como diría Goleman. Hoy lo hago más que otras veces.

El espanto de la muerte de 11 niños al unísono en el Hospital Reid Cabral revolteó mis emociones de mamá, de abuela y bisabuela.

Me perturba imaginar la horrenda soledad que experimentaron papás y mamás cuando fueron a indagar cómo mejoraban sus hijos, y les dijeron, fríamente, la noticia: habían muerto.

Sabemos que la muerte es inevitable. Pero las madres, al parir, no aceptamos que los hijos se irán temprano, les otorgamos una extensa esperanza de vida.

En muchos países, ese sueño materno se hace real: cuidados protegidos, en sistemas eficientes de atención integral, los niños pueden llegar, incluso en “estado crítico” a un hospital público, sanarse y salvarse. No morir.

En nuestro país, la paradoja domina en los servicios de salud pública: habiendo cada vez más pobres que requieren esos servicios, estos se tornan más precarios, pocos pertinentes, peligrosos incluso, como se comprueba en el caso del Hospital Robert Reid. A los 11 niños no les arrebataron la vida las enfermedades que sufrían. Fue, en primera y en última instancia, un subsistema de salud excluyente e injusto, que se corresponde con el sistema socioeconómico dominicano.

En un continente que tiene el triste privilegio de sufrir más desigualdades en el mundo, nuestro país rompe el récord: es el que tiene más desigualdades, por tanto, el más inequitativo.

Esa desigualdad, producto en parte acumulado de circunstancias históricas y culturales, también y sobre todo de la ideología neoliberal que impera, se agrava y empeora en la ejecución gubernamental, carente de una brújula que lo mueva hacia donde la miseria y la desprotección colectiva lo reclaman.

Sumiso a los poderes fácticos, el gobierno entrega a la golosa solicitud de un centro de Salud de alta alcurnia, que rebota a los pobres y/o retiene cadáveres por deudas, un presupuestal que es cuatro veces superior al que entrega al Hospital Robert Reid.

Un presupuesto de salud que de por sí es el tercero más bajo del Continente, se distribuye, además, dando más a los que más tienen, menos, mucho menos, a los que más necesitan. Como el modelo duele, se suministra al pueblo, aspirinitas: clientelismo, las “visitas sorpresa” del Presidente.

Dentro de ese modelo de gobierno, mezcla de impiedad neoliberal con rasgos caudillistas, la desigualdad se multiplica. Disminuyen los servicios públicos en aras de dejar cada vez más espacio al Mercado. El económico, y el político.

Ante el escandaloso caso del Reid Cabral, se acude, ¡ay! como en tiempo de Balaguer, a una comisión. Ésta ha cumplido con el tiempo de espera, ha rendido un informe, que hay que leer e interpretar, poniendo puntos sobre sus íes.

¿Llegaron moribundos? Eso se sabe. Ese hospital es de referencias, el último recurso de las familias marginadas, aún más si en otros centros subsidiados por el Estado, les devuelven el niño. ¡Hala, váyase!

¿Que hubo negligencia? Evidente. Hasta en el talante sereno con que la Directora explicó que esas muertes eran habituales en el Centro, se advierte que en el Reid Cabral, abandonado, con recursos ínfimos, se ha ido creando un desgano, a lo mejor de resignación impotente.

¿El oxígeno? Faltó en el momento necesario, aunque no fuera sino para aliviar la agonía de los niñitos. No llegó a tiempo. Se adeudan más de tres millones de pesos a los suplidores, los ascensores para subir los cilindros no servían. Eso lo traduzco: falta de presupuesto.

Todo lo enunciado en el informe es cierto. Falta, a mi juicio una recomendación tajante, al Jefe de Estado que vaya a la raíz, a la causa del colectivo infanticidio.

El Presidente de la República, que tiene hijas y tendrá nietos, debe retirar el presupuesto ya depositado, para devolverlo incrementada debidamente la partida del sector salud.

Que el Ejecutivo se haga merecedor del perdón de los niños que murieron y de la esperanza de los que aún viven.

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