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Opiniones

DOÑA REPÚBLICA DOMINICANA

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Rosa debordPor Rosa Debord.- 

Había una vez una República muy bonita llamada Dominicana. Parecía un Edén escondido entre montañas, ubicada en el mismo trayecto del sol. Su casa era una isla hermosa, rodeada de magníficas playas de arenas blancas. Poseía una extraordinaria belleza y riqueza natural y era la dueña legítima de un territorio bendito, fértil y rico en corrientes de agua, suelo, clima y vegetación.

Por sus atributos, Dominicana era el centro de atención y tenía muchos pretendientes, todos la querían conquistar. ¡Y así quién no!, si la República era despampanante, próspera, bella y elegante. Su obstinado opresor era el vecino de al lado, quien la tomó a la fuerza y retuvo con violencia, pero ella luchó con coraje hasta vencer a su atacante y lograr su libertad. Se desató de todo yugo y se declaró independiente, para que ningún país o continente la fuera a esclavizar. Estaba convencida que no era detrás de su noble alma que andaban los infelices, sino de todas sus propiedades, tesoros y beneficios.

Se consideraba una República afortunada porque sus hijos eran buenos dominicanos. Duarte y compañía la protegían y defendían hasta la muerte y no le permitían dejarse persuadir de vividores disfrazados de patriotas que con sus garras afiladas como aves de rapiña pretendieran dejarla en la ruina y romper su corazón. Y no todos sus retoños eran blancas palomitas, había unos diablillos sueltos como chivos sin ley haciendo de las suyas. ¡Mmm!, con razón la honorable República vivía en zozobra e indignada porque malversaban sus recursos y empañaban su buena reputación.

Después de la liberación, la madre Patria pasó por malos momentos, sus mejores muchachos tratando de protegerla murieron en el intento, ¡aigamé! Estaba cabizbaja y sumergida en sus pensamientos, no sabía cómo lidiar sola con tantos problemas, porque cuando no era una anexión, era una invasión. De pronto, una mano suave y firme tocó su hombro, ¡anda!, era su buen hijo Bosch, ¡qué alivio!, con su ayuda saldría a flote.

Él, le pagó la deuda y a sus hermanos corruptos por abuso de confianza les dio una gran lección. Administró con justicia y equidad sus bienes y organizó sus finanzas, sin tocar ni un solo peso, pues era uno de sus hijos más honestos. Pero era de esperarse, que la ambiciosa Lucha de Intereses no se quedara de brazos cruzados e intentara denigrarlo con calumnia y falsedad. Fue acusado injustamente y recibió un golpe mortal justo en el centro del pecho, se salvó a chepa.

Quisqueya vivió buenos tiempos, pero las travesuras de algunos de sus angelitos le afectaron su estado de la salud física, moral y económica. Un día, se enteró que Felicito, un pobre diablo se volvió rico de la noche a la mañana; que Cuchepa y asociados talaban y negociaban sus pulmones; que los lindos de Zacarías querían adueñarse de la Bahía; que unos desalmados trataban de quitarle la Loma a Miranda; que los huérfanos de padres vivos, andaban con mala junta cometiendo fechorías; que al juez, antes del veredicto, había que mojarle la mano; que la señora Electricidad, cobraba por apagones; que Leo, Joaquín y Rafael permitieron que unos extraños explotaran sus valiosos minerales; que los tajalanes de Contaminación, destruían su medio ambiente, arrojando basura por doquier; que las gemelas Delincuencia y Corrupción andaban a sus anchas, robando y atracando a plena luz del día…

Al escuchar todo de un golpe, Doña República se impresionó demasiado: frunció las cejas, se puso roja como un tomate y se regó. ¡Ayy, qué pique tan grande!, hasta perdió la compostura y gritó en un ataque de ira: “¡No fuña nadie, cuánto dolor de cabeza me dan estas criaturas! ¡Miércoles!, estos rastreros me van a llevar a la tumba y el porvenir de mi sociedad se vislumbra sombrío y desalentador”.

¡Pero qué caterva de atrabancos!, agredir y perjudicar a una madre como esa, sin almas, buenos para… Fomentaron la criminalidad e hicieron echar molleros a la pobreza con sus acciones desmedidas, egoístas y deshonestas. Señoooores, lo malhecho trae penurias a montones, porque cómo evitar las consecuencias nefastas de tales actos y cómo librar a los inocentes para que no paguen por las culpas ajenas, ¡rayos, qué lío!

Después de esa malasangre, la noble República sintió un fuerte malestar en todo el cuerpo, ¡oooh, no!, eran los lastimosos hoyos del fisco, ¡fuñenda!, y no lo pensaron dos veces para recurrir a los implacables impuestos, el cuco de los más pobres. Las alzas de los precios parecía un relajo, aumentaban sin parar de forma disparatada, ¡qué vaina eh! Y el señor Itbis se portó como todo un maleante, no tuvo compasión y exigió demasiado. ¡Válgame Dios!, el costo de la vida subió por las nubes y la comida se puso tan cara que un plátano sancochado, frito o en puré se convirtió en una comida gourmet. ¡Ay mi madre!, como comían esos muchachos y eran locos con su mangú, ¡diaaañe! ¡Ay no, así no!

Todos eran beneficiarios y tenían los mismos derechos y garantías, ¡pero qué mala racha!, cobró vida la infame e injusta Desigualdad Social: una minoría eran más privilegiados, con vida de príncipes y todo a su favor. En cambio, otros hacían malabares para sobrevivir con un sueldo chililin y los menos favorecidos mendigaban las migajas que caían de la mesa, ¡ay Jesús!, eso llora ante la presencia de Dios. Doña República pasaba noches de desvelo, no podía pegar los ojos pensando en la tremenda desproporción salarial que había entre sus herederos. Ganas no le faltaron de decirle al Sistema del mal que se iba a morir y quitarse la correa y darle una buena pela para que fuera más equitativo y moderado a la hora de distribuir sus bienes.

Con el semblante caído, recordaba con nostalgia a sus muchachos fieles y valientes que dieron sus vidas por su bienestar. Estaba preocupada porque su futuro era incierto y de repente, escucho un bullicio y se asomó por la ventana. ¡Por Dios!, lo que vio la dejó pasmada, incapaz de reaccionar. Sus pichoncitos diciendo dichos y malas palabras nada más y nada menos que a su tía, Doña Justicia. ¡Tingola!, ese fue un golpe moral que la dejó aturdida, desalineada y muy molesta porque ni en sueños hubiera imaginado que fueran capaces de irrespetar a Justicia, su mano derecha y fiel confidente de toda la vida, ¡atrevidos!

¡Pero qué quisqueyanos tan bellacos, eh! Se rebelaron y no querían hacer caso a sus ordenanzas porque ella prevenía a tiempo las malas mañas y les daba buenos reglazos para que enderezaran sus pasos. Justicia era integra y ni por todos los millones del mundo tapaba o apoyaba vagabundería. Además, no tenía niños lindos, ni colores, ni grupitos, sus normas y castigos se aplicaban a todos por igual. Y cuando decía: “inadmisible”, era porque de verdad no procedía, porque el que se ganaba su fuetazo se lo daba brinque, grite o patalee y duelale a quien le duela.

“¡Jesús santísimo!, necesito un respiro, tengo que aclarar mi mente”, expresó Dominicana con la mirada hacia el cielo y los brazos abiertos. Se fue a San José de las Matas, un lugar tranquilo y acogedor. El aire puro, la frescura y el verdor del paisaje natural, armonizaban su ser y renovaban sus fuerzas. Y mientras contemplaba maravillada las escarpadas montañas de la Cordillera Central, un pensamiento llegó como un rayo de esperanza e iluminó y alegró su corazón. Encontró la solución a los males sociales que la tenían al borde del cataclismo: el problema radicaba en el seno familiar, si lograba concientizar y educar a sus hijos padres de familia, aseguraba la integridad de su herencia y su patrimonio sería perpetuo.

Puso toda su confianza en los papás y mamás que conformaban su gran familia. Les hizo entender que el hogar era el ámbito educativo por excelencia, el lugar ideal donde los niños aprenden valores, buenas costumbres, actitudes correctas y reglas para convivir en armonía con sus semejantes. Ellos fueron conscientes y reconocieron que ciertamente eran los primeros educadores y que de su buena crianza dependía el futuro de la sociedad de Dominicana, ¡así mismito!

La correcta formación de los pequeños, garantizaba la salud perdurable de la madre Patria y un mañana seguro y prometedor para todos los dominicanos. Los padres se pusieron los pantalones e hicieron un compromiso serio de brindarles a sus hijos mayor cuidado y atención y una educación basada en valores. Procuraron a través del buen ejemplo fomentar en los chiquitos una cultura de respeto, honestidad, transparencia y lealtad. ¡Así se hace patria!

Al pasar el tiempo, vieron los frutos de su labor, pues los niños se convirtieron en adultos responsables, respetuosos, honrados y buenos administradores de la fortuna de su abuela, ¡bendito Dios, qué maravilla! Respetaban y obedecían a Doña Justicia, la matatán de las leyes de Dominicana. Y la sentaron en su trono para cumpliera de por vida su relevante y necesaria misión.

Y Doña República Dominicana se convirtió en la más admirable de la región.

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