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Opiniones

Marino Berigüete, embajador

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Por Juan Ramón Martínez.- 

En este año de pandemia, la República Dominicana nos dio un ejemplo singular. En plena crisis, celebró elecciones, en donde las autoridades electorales fueron acatadas en sus órdenes y decisiones. Y al final, efectuó la transición pacífica de un gobernante a otro. Ambos, de partidos diferentes. Una prueba que, cuando los políticos se ponen de acuerdo, vencen las dificultades. Especialmente, cuando se resisten a utilizarlas –como el presente caso– con fines electoralistas.

Entretanto en Tegucigalpa, su embajador Marino Berigüete, establecía redes de cooperación con los sectores intelectuales, políticos y económicos del país. Con éxito singular, tres meses después de su acreditación celebró el día de la independencia de su nación, convocando a poetas para que leyeran poesía dominicana. Cosa inusual en este tipo de celebraciones, con lo que el embajador dominicano, le dio un carácter especial a su misión en nuestro país. Determinando que sí, en efecto, lo económico es importante, el proceso de integración de República Dominicana en el bloque centroamericano y las inversiones privadas son significativas, la cultura no debía dejarse atrás. Le conocí gracias a la presidente de la Cámara de Comercio de Intibucá, Jessica Zamora, que me invitó para que participara como jurado en concurso de poesía, (en un festival, interrumpido por un brote de intolerancia política), patrocinado por la institución que ella representaba. Y, apoyaba con los premios, la embajada dominicana.

Allí conversé con el embajador Amigüete, valoré su personalidad, sentí su cercanía y compartí la mutua inclinación que nos une por las letras y el buen decir. Calmado, suave en el hablar, se parece más bien a un hondureño de tierra adentro, que, a un caribeño, fiestero, comprometido con los ritmos musicales que desbordan el caudal sanguíneo de los dominicanos. También, fue invitado por Salvador Madrid en varias oportunidades, para participar en diálogos interesantes que se celebraron en Gracias, una ciudad que poco a poco, se suelta de las amarras rurales y confirma su rico pasado y su enorme sensibilidad cultural. Antes, me había visitado en la Academia de la Lengua, en donde hilvanamos sueños y construimos proyectos que, desafortunadamente por los efectos de la pandemia, no pudimos llevar a la práctica.

En otra oportunidad, junto a Livio Ramírez y Rolando Kattán, lo acompañé a un homenaje que, los intelectuales olanchanos, le ofrecieran en Juticalpa. Sus conocimientos puntuales: sus ágiles respuestas y sus meditadas reflexiones, me impresionaron. De forma que, desde entonces, comimos varias veces, tomamos café con su esposa e intercambiamos libros, sobre la historia de su país y en algún momento, como otros varios amigos, me hizo llegar un ejemplar de “Tiempos Recios”, de Vargas Llosa.

Al concluir su misión en Tegucigalpa, quise hacerle un homenaje; pero lo impidió la crisis sanitaria que todavía cargamos a cuestas. Sin embargo, nos llamamos por teléfono, intercambiamos mensajes escritos; y los dos, abrigamos la esperanza de encontrarnos en Santo Domingo, a donde pienso viajar para interesar a sus autoridades a que se incorporen en la celebración de nuestra independencia. Históricamente Santo Domingo, entró rápidamente en la historia inicial de lo que sería Centroamérica y Honduras. Los conquistadores vinieron de un país al otro, en sus afanes específicos. Y en el siglo XIX, el líder de la independencia de Cuba, Máximo Gómez –dominicano de nacimiento– sembró especiales afectos entre nosotros, y dejó una descendencia que todavía espiga en la vida social, política y económica nacional. Uniendo a Cuba, Honduras y República Dominicana, por supuesto.

Los diplomáticos, van y vienen. De un lado a otro. Evitando echar raíces o establecer demasiados afectos, con los pueblos ante los que, están representados. Por ello, les cambian regularmente. En algunos casos, el tiempo se confabula con los afectos. Y en el caso de Marino Berigüete, cuando habla conmigo –lo que también le ocurre a Dolores Jiménez, exembajadora de México– no tiene reparos en mostrar sus nostalgias. El primero por la calidad y el aroma del café hondureño, y la conversación con sus intelectuales. Y, la segunda, la proximidad de nuestra problemática. Y su deseo de buscar que México, pueda ayudarnos.

Ambos lo saben. Amigüete tiene viva la nostalgia. Acaba de dejar Tegucigalpa. Sabe que aquí se le quiere como ser humano e intelectual. Dolores Jiménez, más acostumbrada, espera la oportunidad del encuentro y el apoyo. Los dos, saben, que los queremos bien. (Fuente: Periódico La Tribuna, Honduras).

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