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Opiniones

La elección de Biden y el reto de los demócratas

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Por Manuel Jiménez.- 

La incuestionable victoria de Joe Biden frente al tumultuoso Donald Trump obligará a los demócratas a una revisión de sus políticas y concepciones en temas cruciales para los Estados Unidos; tales como, el aborto, la migración y la agenda LGBT, pues la enorme votación alcanzada por el candidato republicano revela una creciente identidad de una parte importante de la opinión pública norteamericana con políticas conservadoras.

Si hoy Donald Trump no mantuvo su asiento en el Salón Oval de la Casa Blanca se debió a ese estilo de liderazgo tumultuoso, irreverente, desenfrenado, desafiante, impulsivo, unipersonal, de confrontación e irrespeto con todos y contra todos y esa falta hasta de sentido común para combatir una pandemia que imponía la necesidad de una unión de propósitos y metas que involucrara bajo un mismo guion a todos los sectores de incidencia y decisión en lo Estados Unidos.

Pese a ello, Trump en términos de resultados de lo que se conoce como el buen gobierno puede decirse que ha tenido un éxito relativo: logró mantener a flote y en crecimiento la economía con efectos positivos en la generación de empleos y oportunidades de negocios, impactando a millones de norteamericanos y, a excepción de la violencia que generó su retórica racial, hay que reconocer que en estos últimos cuatro años el territorio de Estados Unidos y sus ciudadanos no estuvieron expuestos a amenazas externas de carácter terrorista.

Esos más de 71 millones de votos que se cuentan a su favor son un reconocimiento a esos logros y lo que debe llevar realmente a preocupación no solo de los demócratas, sino de todos los que abrazan en el mundo conceptos liberales es que pese a esa retórica xenófoba, su radical oposición a la agenda LGBT, sus concepciones cristianas en contra del aborto y su atropellante conducta e irreverencia contra todos el que no comulga con sus ideas, Trump divide a Estados Unidos, polariza un proceso electoral en medio de una pandemia que él no supo manejar y el estrecho margen de votos con el que  Biden le supera en los estados en disputa le brinda la oportunidad de iniciar una temeraria carrera de impugnaciones legales.

A Trump le será prácticamente imposible revertir la actual tendencia que lo coloca como perdedor de este proceso, pero ha logrado poner en cuestionamiento a la principal democracia del mundo, un país de fuertes instituciones y que hasta hoy era referente en el mundo en cuanto a principios y respeto a la ley; pero donde más se complica su imagen es que se auto eligió de gendarme mundial con la decisión de calificar a países soberanos en lo que respecta a su desempeño en términos de libertades públicas y derechos humanos.

A Trump hay que analizarlo a partir de la realidad que representa y de cómo lo ve esa gran población conservadora estadounidense que nunca asimilará el discurso demócrata a favor del aborto, el abordaje tímido del fenómeno de la migración y la apertura irracional a los grupos LGTB. Buscar un punto intermedio en el tratamiento de estos temas será crucial si la futura administración Biden se plantea, como ha anticipado, la reunificación de la sociedad norteamericana.

Usted podría preguntarse cómo podrían los demócratas renunciar a conceptos que han sido parte esencial de su filosofía de gobierno como los temas que señalo, si justamente su coherencia política marcó su diferencia con Trump logrando que más de 75 millones de electores le endosaran su apoyo en esta crucial contienda.

El tema es que Estados Unidos no sólo ha cambiado al extremo de mostrar una sociedad peligrosamente dividida, y no precisamente entre negros y blancos, sino entre conservadores y liberales, cosa que adquiere otras dimensiones que rebasan la cuestión racial, aunque otros lo consideren el punto de partida, pero plantearse la reunificación y la unidad no será posible obviando la redefinición de políticas liberales.

Nadie niega que el resurgimiento de la violencia racial es un tema de partida para Biden cuando llegue a la Casa Blanca, pero se trata de una situación que por sus implicaciones y en el entorno en que se produce, una población multiétnica y multicultural, resultará un poco más complicado de abordar con éxito, sobre todo si no hay solución a cuestiones filosóficas y conceptuales que chocan frontalmente con la ortodoxia demócrata.

Un ejemplo de esto es que mientras los demócratas promueven los llamados “estados santuarios” que son refugios para la inmigración ilegal, Trump se impuso frente a Hillary Clinton con un feroz discurso anti-inmigración y ahora, radicalizando su postura con acciones concretas como el inicio de la construcción del muro en la frontera con México y cierre total a la oleada de inmigrantes que llegan en masa a sus fronteras desde Centroamérica, aumenta en casi 7 millones su votación con relación a la que obtuvo en 2016.

Biden hace bien cuando desde su estado natal de Delaware dirigió un mensaje de unidad y conciliación, declarando que es “hora de sanar” a la nación y de llegar a los estadounidenses que votaron por Trump y a los republicanos en el Congreso, pero esto no pasará más que una simple invitación en un marco de creciente agitación y confrontación auspiciada por los sectores que apoyan a Trump. Será imprescindible que un futuro gobierno de Biden presente iniciativas que envíen señales claras a esa masa conservadora de que en algunos temas cruciales no todas las políticas de Trump irán al zafacón. Cuál será, por ejemplo,  la política de Biden frente a las caravanas de inmigrantes desde Centroamérica?

Las primeras señales del equipo de Biden es que esas concepciones ideológicas de los demócratas volverán a ser impulsadas con el mismo rigor y decisión con que las puso en vigencia Barack Obama.

Biden ha dicho que planea firmar decretos que deroguen una prohibición para el ingreso de viajeros de varias naciones de mayoría musulmana, una reincorporación a un acuerdo climático internacional, revertir la retirada de Trump de la Organización Mundial de la Salud y reforzar un programa que protege de la deportación a los inmigrantes “Dreamers”, que llegaron a Estados Unidos ilegalmente cuando eran niños.

En esa agenda hay pautas positivas como la reincorporación de Estados Unidos al acuerdo climático de Paris y su reintegro al seno de la Organización Mundial de Salud, pero el resto plantea la divergencia y el enfrentamiento con grupos conservadores.

El pueblo norteamericano se cansó de una retórica de violencia y odio, de complicidad con grupos xenófobos que desafían la autoridad y de convertirse en el hazmerreír del mundo con las payasadas de su presidente, pero no cuestiona el progreso económico y la seguridad que le brindó Trump frente a las amenazas del exterior resultado en alguna medida de su política exterior, ni tampoco el freno que impuso a la inmigración ilegal. Estos son factores que deberán ponderar bien los demócratas como una especie de balanza en el difícil camino hacia la reunificación del gran país del norte.

 

 

 

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