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Opiniones

CONFESIONES A MIS 77 AÑOS

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Por Manuel Matos Moquete.-

Ahora aquí estoy, en vísperas de cumplir mis 77 años,  6 de abril, confesándome ante ustedes. Nunca he renegado de mí mismo ni de mis hechos, y Dios sabe que me enredé demasiado en mi juventud por culpa de mis pasiones e ideas, que hoy conservo en lo fundamental, con algunos retoques propios de esta época.

Lo que más disfruto en la vida es reencontrar a viejos amigos o conocidos, que como yo se han mantenido al pie del cañón de su dignidad y sus convicciones. Sentirme orgulloso de que no hayamos cambiado tanto. De que aparte de mi cabeza cana y la ancha calva del amigo, todavía podamos sonreír juntos y contar viejas historias comunes sin avergonzarnos. Espero que usted sea uno de ellos. Lo que más detesto es exactamente lo contrario; a quienes han desertado de su propio ser y de sus circunstancias. Y también espero que usted no sea uno de estos.

Esa convicción fue la que me mantuvo activo y esperanzado a lo largo de todas las tormentas por las que he atravesado. Cuando en la persecución, en la cárcel, el exilio, me veía confundido y atemorizado me decía, Manuel, piensa en quién eres, y de repente me llegaban a mi socorro dos rostros, el de mi madre y el de mi padre; y la nostalgia de un terruño: Tamayo.

Mi cultura dominicana, caribeña e hispana, así como los años de aprendizaje en la vida, incluyendo la militancia política en la izquierda dominicana, me salvaron de Francia y del afrancesamiento durante el tiempo que viví y estudié en ese país, al cual le estoy muy agradecido.

En los estudios me salvaron de ser un repetidor de lecciones aprendidas. Siempre recordé aquella expresión de Pablo de la Torriente Brau, periodista puertorriqueño nacionalizado cubano, caído en la guerra civil española, quien afirmaba su identidad declarando orgullosamente, “Yo me eduqué con la Edad de Oro, de Martí.”, libro que su abuelo le regaló con esta dedicatoria: “Tú serás cubano, que la vida de Martí te sirva de ejemplo, su primer libro nació de esa inolvidable adolescencia y juventud”.

Un día, un amigo dominicano que se graduó un año antes que yo en Francia, a su regreso a República Dominicana me escribía: “Ahora tendré que traducir lo aprendido”. Le contesté: “Yo no debo traducir nada, aprendí lo que me enseñaron interpretándolo en el acto, desde mi propio yo y mis experiencias. Ingresar tarde a la universidad, a los 31 años, una gran ventaja. Y es que, para entonces, ya había vivido mucho y había leído a autores fundamentales que me marcaron para toda la vida: Bolívar, Martí, Mariátegui, Neruda, Guillén, Ingenieros y toda la literatura marxista de los años sesenta.

Había asistido a la caída de Trujillo y había estado em la guerra de abril. Y nada de eso podía borrarse porque me encontrara en Francia o dondequiera. Nunca he estado más cerca de mis orígenes que cuando de ellos me he visto más separado por la distancia física.

La pregunta que siempre me he hecho es: ¿Hasta qué punto una persona puede cambiar siendo siempre la misma? Sé que este tema incomoda a muchas personas, que con sus palabras y actitudes desde hace tiempo han renegado de sí, de su yo profundo, y que siempre viven amparándose en la expresión de Ortega y Gasset: «Yo soy yo y mi circunstancia”, para así justificar sus arribismos, sus oportunismos y el abandono sus de principios originales y esenciales.

No pocas tropelías se han amparado en la filosofía que encierra esa frase, olvidándose del complemento de esa misma expresión: “y si no la salvo a ella (la circunstancia) no me salvo yo”. Así que, para Ortega y Gasset, es preciso salvarse o caer con su circunstancia.

Creo, como filósofos de la estirpe de Platón y de Rousseau, que la esencia no cambia. Sentado en el movedizo tiempo de mis años, ya un tanto familiar, un tanto extraño, a veces no sé quién soy, verdaderamente. Soy un híbrido de muchas vidas, lugares y culturas. Muchos de mis cercanos entornos se han transformado, pero al final de cuentas, he permanecido asido a un ancla primordial. He podido reconocerme en los cambios y en los otros; y he sentido el placer de mirarme a mí mismo y decirme: sí, ése soy yo.

Eso de que antes fui en mi juventud una cosa y hoy soy todo lo contrario, nunca lo he entendido. No me refiero a ingresar a un partido político, ingresar a un equipo de béisbol o acogerse a una religión. Para mí eso es insignificante. Me refiero a la esencia: a la persona, a su propio yo, que a mi entender debe conservar un núcleo irreductible. Yo soy yo, y así me gusta serlo siempre; no uno hoy y otro mañana, según los intereses y las conveniencias. Quizás soy retrógrado y nostálgico. Sin embargo, creo que he cambiado mucho desde los años de mi niñez en Tamayo y sigo cambiando cada día. Pero no he cambiado en lo esencial: en mis profundos sentimientos y creencias.

Hay un autor que leí hará más de cuatro décadas en París, cumplidos ya los 33 años, cuando en un torbellino de vicisitudes quería quemar las naves de mi yo y renegar de mis circunstancias; y así, a ese vil precio, producir un renacimiento de mi vida. Entonces, sentí la vibración de la voz de Rousseau que me decía: ¡Detente!, puedes cambiar de rumbo y de meta, pero siendo siempre tú mismo, sin sacrificar tu energía primigenia, que es tu irrenunciable yo. No hay otro yo mejor ni peor que tú.

Rousseau escribió varias obras, pero sólo en una pudo expresar todo su ser, su único y original ser, haciendo de esa obra, al propio autor. Fue aquella que inició confesando:  “Emprendo una obra de la que no hay ejemplo y que no tendrá imitadores. Quiero mostrar a mis semejantes a un hombre en toda la verdad de la Naturaleza y ese hombre seré yo. No soy como ninguno de cuantos he visto, y me atrevo a creer que no soy como ninguno de cuantos existen. Si no soy mejor, a lo menos soy distinto de ellos. Si la Naturaleza ha obrado bien o mal rompiendo el molde en que me ha vaciado, sólo podrá juzgarse después de haberme leído. Que la trompeta del Juicio Final suene cuando quiera; yo, con este libro, me presentaré ante el Juez Supremo y le diré resueltamente:
“He aquí lo que hice, lo que pensé y lo que fui. Con igual franqueza dije lo bueno y lo malo. Nada malo me callé ni me atribuí nada bueno; si me ha sucedido emplear algún adorno insignificante, lo hice sólo para llenar un vacío de mi memoria. Pude haber supuesto cierto lo que pudo haberlo sido, mas nunca lo que sabía que era falso. Me he mostrado como fui, despreciable y vil, o bueno, generoso y sublime cuando lo he sido. He descubierto mi alma tal como Tú la has visto, ¡oh Ser Supremo! Reúne en torno mío la innumerable multitud de mis semejantes para que escuchen mis confesiones, lamenten mis flaquezas, se avergüencen de mis miserias. Que cada cual luego descubra su corazón a los pies de tu trono con la misma sinceridad; y después que alguno se atreva a decir en tu presencia: “Yo fui mejor que ese hombre.” (Jean Jacques Rousseau, Las confesiones).

Ese autor y Las confesiones me salvaron de la abjuración de mis entrañas. Y desde entonces, en todo lo que digo y hago trato de ser mí mismo, desde que nací en Tamayo el 6 de abril de 1944 hasta a mis 77 años, en este 6 de abril de 2021. Así son mis libros, al estilo de Rousseau, pero conformes con mi temperamento y carácter. Que nadie me busque en otro lado. En mis escritos asumo un tono confesional, testimonial, personal, intimista, porque es la manera de recordarme siempre que quien habla es ese ser comprometido en todo momento, con su yo, su vida y su cultura.

Es lo que resalta Marcio Veloz Maggiolo sobre mi obra: “Matos Moquete, miembro notorio de la Academia Dominicana de la Lengua Española, ha sido un novelista que comprendiendo que lo universal puede también ser local, ha proyectado en sus novelas la lucha de los dominicanos contra la tiranía, y en sus clases, una verdadera visión de la realidad cotidiana, del pueblo dominicano”. (Listín Diario, 01 de febrero de 2019)

Y Manuel Núñez cuando dice: “En sus novelas se halla esparcida toda su vida. Le tocó vivir los años postreros de la dictadura de Trujillo y de la Guerra Fría. Años convulsos de cambio y represión”. (Hoy, Areíto ,2 de marzo de 2019).

-El autor es poeta, novelista, ensayista, crítico literario y educador. 

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