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Sur prohibido: El libro azul

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Por Rafael J. Rodríguez Pérez.- 

 Benditos sean los amigos que traen a otros amigos. A veces, nos alcanza una noticia, una afectuosa referencia, un atisbo de lo que trae el porvenir… Y de pronto ya estamos anhelantes, inquietos. ¿Será como nos dicen? ¿Habrá alguna empatía? Pero si esos amigos son poetas, y nos traen a otros poetas, entonces el suceso alcanza otro nivel, y se torna más único y hermoso.

Me ocurrió con la autora de este libro que glosamos hoy, Sur Prohibido, el que ella ha dado en llamar el libro azul: la acercó a mi trabajo y a mi vida una excelente poeta y amiga. Desde entonces, he tenido la oportunidad de asomarme, a través de sus versos, a un universo que ella misma dudaba de sacar a la luz, y que terminó por imponerse y nacer, dotado de un impulso que superó sus dudas, sonrojos y reconvenciones. Ahora, ya no le pertenece solo a ella, ni a su quisquilloso editor, sino a todos los lectores.

En el primer mensaje que cruzamos, le escribí: “Me gusta la gente que lee y que escribe poesía, porque es la que tiene la suficiente sensibilidad y sabiduría para tratar de mejorar al mundo”. Muchos poemas después, con este libro azul en las manos, y uno en proceso que ella llama, esta vez, “amarillo”, puedo constatar que esta nueva amiga cumple con creces aquella primera afirmación.

En aquel entonces, al enfrentarme al libro, opiné: “En esencia, este es un poemario sobre el amor, que es su tema central, aunque naturalmente se aborden otros tópicos como la ausencia, la nostalgia… Son temas universales, y a pesar de que mucho se ha escrito sobre ellos, todos tenemos algo qué decir, pues la experiencia de cada quien es única y, en verdad, lo único original sobre lo que vale la pena escribir. Parafraseando al genio cubano J. Martí, es cierto que ya no hay temas nuevos, pero las cosas, cuando son sinceras, parecen nuevas. De modo que, desde luego, debemos hacer énfasis en esa sinceridad y tratar de alcanzarla”.

¿Lo logró, pues, Elidenia Velázquez? ¿Habita la sinceridad estos versos? ¿Está ella aquí, sus temores, obsesiones, y sus cuitas de amor y desamor?

Lo logró, sí, y aquí, también, se muestra toda, pero al entrar al reino imantado de la poesía, su rostro individual se magnifica, y se torna ecuménico y vital. Ya no es una mujer, sino La Mujer, y en sus versos podemos escuchar los sollozos que saben inclinar la cerviz del más fuerte guerrero, la belleza tirana, que amarra el corazón y lo arrodilla, la ternura fatal, que no conoce antídoto; esas crines de nervios que se agitan al más mínimo roce y despiertan, como en una alocada sinfonía, cada punto sensible, cada rincón erógeno, cada fibra profunda de mujer, ese abismo…

Pero vemos, también, ¿cómo podría ser de otra manera?, la entrega total, en cuerpo y alma, como solo lo hacen las mujeres que aman. Escuchemos:

Ayer desperté con una/ sensación de amor profundo, /desnudos mis pechos, desnuda el alma; / y en un instante supe, / (…) que las redes contra mi voluntad, seguían tendidas. / Bebí entonces del cáliz/ de tus labios traviesos, / me aferré a tu fuerza, /fui libre en tu prisión, / (…)  ¡Ay, amor, ayer amaneció en mi alma, /y fui más bella y más feliz que el alba, / prisionera de amor sobre tu pecho! //[1]

 Como vemos, poesía hermosamente femenina, que no feminista (no confundir con ese recio fenómeno que nos asola hoy); con ese soplo de especial sensibilidad y delicadeza tan propio de estos seres a quienes debemos el amor y la vida, pero, al mismo tiempo, henchida de poder y de sabiduría adquirida en la lid.

Perdida entre la duda y el deseo, / viaja mi ser hasta lo más profundo/ de tu mente. / (…)  Mis caderas dispuestas, / mis labios entreabiertos, / suplican insistentes que/ nunca termine este momento. / Así, delirante, te pido:/ ¡Átame a tu piel! (…) / Por tus recuerdos voy… ¡Allí me yergo! /¿Qué importa que el presente/ sea un sueño?/  El mañana ¿qué importa?/ ¡Es demasiado incierto!//

Hay poemas-declaraciones, poemas-advertencias, poemas-certezas, poemas-profecías, interrogantes, entelequias, y, sobre todo, un perene homenaje a la nostalgia, a los recuerdos de sucesos vividos, a los amores añejos que dejaron marcas que son reencontradas de pronto, en un ejercicio de introspección profunda que se activa ante la contemplación de las cosas más nimias: la levedad de una flor, un arabesco en la arena, la curva de unos labios…

Pero los grandes espectáculos de la naturaleza tampoco pasan inadvertidos para esta poesía: los amaneceres, los ocasos, los astros, la contemplación del mar…  Todo le habla, y no desdeña símbolos para atraerlos hacia sí y atarlos a su numen y a su cuerpo.

La noche penetró en mí, atravesó mi pecho;/ (…) quedó empotrada en mis silencios/ (…) me aferró con sus manos oscuras, / (…) se amistó con mi alma, y otra vez me dejó prisionera, / La noche corre por mis venas, presiona mi garganta, (…) ¡Cuán negra es (…)! ¡Cuán majestuoso su poder! /.[2]

Mención aparte necesita la elección de la portada del libro azul, la pintura En el claro de luna (acrílico sobre tela), del artista Eddy Santiago, obra que la autora adquirió especialmente para la ocasión, y que muestra un cuerpo de mujer desnuda, de espaldas, matizado de añiles y otros levísimos toques de color que realzan su forma deliciosa, perfecta para la contemplación y el amor, inmersión exquisita en esa luz de luna que tanto abunda a lo largo del cuaderno, y que, junto a la noche, pareja inseparable, son los símbolos más aludidos del poemario.

La luz que observo en tu ventana, / luz de luna parece, tan clara, tan espléndida/ que ilumina del alma el pensamiento. / (…) En la silente noche bajo las estrellas, / tu luz invita a soñar. /  (…)  Luz de luna, luz de plata que tiñe/ de bondad los pastizales, / luz de magia y amor que transforma/ la negra noche en esperanza. / (…)  ¡Oh, amada Luna en una noche blanca! / (…) ¡Oh, dulce Luna celestial que adornas/ las noches con tu soledad! / ¡El manto celeste que habitas/ es tan inmenso como el propio amor! //.[3]  

Así, los símiles se suceden unos a otros o se vuelven pasionales metáforas que apuntan, una y otra vez, al sentimiento más antiguo y poderoso de todos, motor del mundo, pero, en especial, a su costado lúbrico, erótico, camino al frenesí de los sentidos. En el poema, ¿Qué opinan del amor?, nos da esta fórmula:

¡Yo opino que hay que beber! / Beber a raudales de la inagotable/ fuente del amor cristalino, y embriagarnos del éxtasis absoluto/ de su poder abrazador, que quema, / muerde, nubla y neutraliza la razón. / Beber a sorbos cuando es preciso; /saborearlo tal delicioso café, / despacio y lento, cargado o fuerte, / ¡pero nunca dejar de beber! //[4]

Apurando, pues, esta copa frenética, celebremos la aparición de este nuevo libro, el libro azul, y de su autora, en el panorama poético nacional, a la espera del ya anunciado cuaderno “amarillo”, y rogamos porque esa paleta de colores siga creciendo, para alimento de nuestra sensibilidad y nuestra sed de amores.

Despido estas líneas con las palabras de contraportada que acompañan al libro azul en su recorrido, y en las que la quise atrapar, al menos, algún destello de su aura:

Hacia el sueño deshecho y la nostalgia, hacia el mismo corazón de la noche, los amores fugaces, y la bruma que envuelve los recuerdos, cabalga esta poesía…   Parece bañada en luz de luna, pues el impar satélite, desbordante de arcanos y de simbologías, se erige en ocasiones casi en un leitmotiv. Cuarenta poemas como cuarenta viajes o destinos; un atado de nervios levantiscos que nos lleva lo mismo hacia el Oriente —con sus desiertos de deleznable arena, que no para de gotear en el alma—, que hacia el prohibido sur, donde la gloria nace y se termina. El vértigo del sexo, la enfermiza pasión, el mapa de unos labios, sabores, certezas, obsesiones, el atónito despertar frente al mar… Todo está aquí, y conspira, evanescente y, sin embargo, hondo, para que la poesía nos premie con el don de iluminar y embellecer la vida.

 

Santo Domingo de Guzmán, 7 de septiembre de 2021.

[1] Elidenia Velázquez, Prisionera de amor sobre tu pecho, en Sur prohibido, Editorial Santuario 2020, República Dominicana, pp. 14-15.

[2] El poder de la noche, ob. cit. pp. 18-19.

[3] Luz de luna, ob. cit. pp 45-46.

[4] ¿Qué opinan del amor?, p. 48.

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