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Opiniones

Otro libro curioso y desconocido

Publicado

en

 Por Antonio García Fuentes.-

El libro, la escritura, es “la obra más imperecedera que ha logrado crear el ser humano”; y desde las pinturas denominadas “rupestres” hasta lo más avanzado y que queramos analizar como “libro comunicativo”; son eso, sólo eso, LIBROS; que nos han informado de todo el devenir del ser humano, desde que se decidió a mostrarse para la posteridad, con sus múltiples formas de comunicación. Desde que hay bibliotecas públicas, esos libros o muchos de ellos, tienen continuidad aunque sólo sea, “en el sueño de unas estanterías que nadie o muy pocos analizan”;  y es por lo que seguro estoy que muchos buenos libros, “duermen el sueño de los justos”, allí en esos “cementerios del saber humano”, donde son pocos, muy pocos, los que se mantienen con una continuidad que sea merecedora de ello.

Pues bien, de todas esas circunstancias, yo he encontrado ya bastantes libros, “desaparecidos de la actualidad” y el último de ellos, es el siguiente; editado en Madrid, en 1925 por una editorial que se identifica como “CALPE”; se trata de la obra de Vicente Vera, que fue “De la Real Sociedad Geográfica”, entre muchas otras cosas más y cuyo título es: “Cómo se viajaba en el siglo de Augusto”; tema que seguro estoy que a muchos, “les sonará a chino”, pero que en la época  más brillante de nuestra civilización occidental, encarna un siglo de paz en la Roma, del primero de sus emperadores, y que es el que cierra la época republicana, tras un innumerable “rosario” de guerras civiles, asesinatos selectos o en masa, hasta consolidarse el poder, en un solo hombre que inteligente y astuto, supo “encarnar en sí mismo el poder republicano y el absolutismo del nuevo poder que encarnarían, los emperadores, considerados muchos de ellos como dioses y a los que se les asignaron templos y ritos”; lo que no traería otra cosa que nuevos abusos y excesos, pero aquel intervalo que fue el de un siglo de paz, se le debe a aquel hombre, cuya vida no fue otra cosa que una tragedia personal y que le ocasionaría (imagino) más pesares que gozos, puesto que al fin y al cabo, era un hombre más, según se desprende de su vida, llevada al cine y a la literatura múltiples veces.

¿Pero qué contiene de interés y nos dice este libro por la mano de su autor? Pues en principio y principal, la enorme red de vías y caminos de todo orden, que cosían el ya Imperio Romano, y el que se empezó a “tejer” varios siglos anteriores a Augusto, puesto que desde un principio, aquel imperio se basó, en “conquistar, comunicar viariamente (la marina vino después y ya bien constituido el imperio) colonizar o someter, respetar los dioses ajenos (incluso llegaron a copiar algunos) y fomentar el comercio y los negocios, o sea, “ir al grano” y eludir todo lo eludible, como bien se demuestra en el juicio a Cristo, por Pilatos, al que le importaba “un rábano”, no sólo aquel galileo, sino todo el Sanedrín y religión judía, él estaba en Jerusalén, para cuidar y mantener los negocios de Roma y que a ella llegasen cuantos más bienes mejor, fuese en oro y plata, o en materias necesarias para el sostenimiento de la metrópoli.

En este libro se explican todas o la mayoría de incidencias, que tenía aquella inmensa, red de comunicaciones, que si bien principalmente se empleaba para el dominio militar, pero reitero que sus fines eran muchísimo más amplios. En ella había como, hoy en las modernas autovías o autopistas, “estaciones de servicio”, hospedajes y restaurantes, repuesto de caballos y mulas, de corredores humanos, que se empleaban para determinados servicios, destacamentos militares, incluso había su más o menos abundante cantidad de “bandidos y salteadores, ladrones de todo tipo”; pero los que crucificaban en el tramo de vía donde ocurrieran los hechos delictivos, para escarmiento del resto; también los que irían a galeras o minas determinadas y otros castigos, muy lejanos a los de hoy, donde, “el preso, sí, está preso, pero puede tener desde piscina a campo de deportes y unos alojamientos y alimentación, que seguro no tienen ya muchos de los que siguen en la calle y libres aguantando los chaparrones gubernativos”.

También describe la forma de viajar, los vehículos que empleaban, o el viajar solitario a pie o uniéndose a grupos más defendibles, por miedo a la delincuencia, y en fin, todo lo que de engorroso o cómodo podía disfrutarse en aquella lejana época de hace dos milenios”; y donde el que podía, viajaba con su coorte de esclavos, litera portátil (para no sentir los “baches del camino”) e incluso con mayordomo o cocinero para seguir disfrutando de la “cocina de su casa”; pero todos ellos en aquellos viajes, era correr una aventura incierta, lo que nos permite gozar de las comodidades de hoy, donde y como extremo, puedes dormir en Canadá y tras el desayuno subir en un avión, para ir a comer a París; luego continuar y dormir en Teherán y así, en el tiempo en que aquellos recorrían no más de cincuenta kilómetros, el potentado de hoy, puede casi dar la vuelta al mundo.

Sí, reitero, es un libro curiosísimo y el que con la imaginación, te traslada y puedes vivir escenas, de aquel, “histórico siglo de la Paz Romana, del reinado de su primer Emperador, Augusto, al que debemos los españoles, no pocas de sus obras, puesto que ello es destacable, Roma no era sólo Roma, Roma se reflejaba a su imagen y semejanza, en todo su Imperio; es por lo que fue el más duradero del mundo y el que aún nos enseña cosas interesantes, puesto que desde que se funda la república romana, hasta que los turcos conquistan Constantinopla, transcurre más de dos milenios, y aún hoy hay que estudiar a los romanos en todas las universidades del mundo, cuyo sistema político, sigue siendo hoy más o menos el que ellos llevaron… “incluidas las corrupciones y abusos que seguimos soportando de los malos gobernantes, que también allí los hubo en abundancia, pero a pesar de ello, recuerden que duraron MAS DE DOS MILENIOS, por lo que esa historia hay que saberla en todo cuanto se pueda, puesto que es nuestra historia.

(1) Vicente Vera y López: Nació en Salamanca el 15 de agosto de 1855. Doctor en Ciencias, fue catedrático del Instituto de San Isidro en Madrid, así como químico del Ayuntamiento de Madrid y director de la Estación Enotécnica de España en Londres. Fue autor de numerosas obras científicas. Dirigió el periódico Los Vinos y Aceites y fue colaborador de El DíaLa Ilustración EspañolaLa España ModernaAlma EspañolaLa LecturaABCEl Imparcial y El Sol, entre otras. Fue corresponsal de este periódico en la segunda guerra bóer (1900-1901) y en la guerra ruso-japonesa (1904). Firmó como «Doctor Hispanus». Dejó una importante obra literaria relativa a su andar por el mundo.

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